Lo que soy no es lo mismo que a lo que me dedico, aunque ambas cosas se mezclen y se solapen.
Con 35 años de experiencia como médico a mis espaldas, sigo contando la historia de una de mis grandes pasiones: volar. Una espina que llevé clavada desde mi infancia, cuando devoraba comics de aventuras y miraba con envidia a todo lo que fuera capaz de surcar el cielo.
Impresiona verlo todo desde arriba.
Durante muchos años navegué a vela, y aquello fue lo más cerca que estuve de las nubes. Por aquel entonces, la relación que tenía con mi hijo dejaba mucho que desear; nos separaba un enorme tumulto de barreras y discusiones, del cual parecía no haber salida.
Hasta que un buen día se propuso hacer lo que yo siempre había soñado; empezó a estudiar para ser piloto, y yo decidí que no lo haría solo. Lo aprendimos todo codo con codo, y nos sacamos juntos la licencia. Él como profesional y yo como piloto privado.
Mi sueño cristalizó junto con el suyo.
Volar con él, los dos solos en un avión, fue una de las grandes experiencias de mi vida, y ahora, mi relación con mi hijo no podría ser mejor.
Son muchas las cosas que moldean a una persona; somos mucho más que la suma de nuestras partes, y cada trozo de nosotros influye y se conecta con el anterior.
En mi trabajo he aprendido lo mismo. Después de tantos años y tantos miles de pacientes, puedo decir con total confianza, sin miedo a equivocarme, que no son enfermedades las que toman por rehenes a personas; son personas las que tienen enfermedades.
Y cada una es un mundo.
Mi visión de la ginecología es la misma que la de la salud en general; integradora.
Una visión total, que incluya todas nuestras partes.
La dieta, el dolor, la salud oral, la microbiota, la calidad del sueño, la salud mental, los hábitos de vida y los demás; todo influye en la enfermedad y en su tratamiento.
Toda mi carrera profesional ha sido un reflejo de esta visión, una búsqueda de una medicina integradora: